En el fútbol base algo ha cambiado. Y no es casualidad. No es una sola causa. Es una suma silenciosa de decisiones, dinámicas y prisas que, poco a poco, han ido transformando un espacio que antes era refugio en una pequeña fábrica de resultados.
Antes se jugaba en el club del barrio. El campo era tierra, el vestuario olía a linimento y a bocadillo, y el escudo representaba algo más que una camiseta: era la calle donde vivías, los amigos del colegio, el padre que te llevaba de la mano. No había rankings con 8 años ni descartes con 10. Había ilusión.
Hoy muchos niños entran en dinámicas de hipercompetencia demasiado pronto. Pruebas, captaciones, “si no rindes te vas”. Y cuando el mensaje es ese, el vínculo se vuelve frágil. El club deja de ser casa para convertirse en un escalón. El niño aprende sin darse cuenta que pertenecer es provisional.
El fútbol base se ha profesionalizado… pero solo en lo que tiene que ver con el resultado. Se habla de objetivos deportivos, ascensos, convenios, escaparates. El jugador empieza a ser un “activo” que puede mejorar el rendimiento del equipo. Y cuando una persona se percibe como un recurso, se debilita su identidad. Se le entrena para competir, pero no siempre para pertenecer.
A esto se suma la presión —muchas veces bienintencionada— de padres y entorno. Si aparece un club “mejor”, se cambia. Si hay más proyección, se va. Y el mensaje que cala es profundo: el lugar donde estás nunca es suficiente. Siempre hay algo superior que perseguir. El presente se convierte en una estación de paso.
Pero el sentido de pertenencia necesita exactamente lo contrario: estabilidad, tiempo, repetición, memoria compartida. Necesita historias contadas en el vestuario, rituales antes de salir al campo, derrotas lloradas juntos, victorias celebradas como familia. Necesita sentirse parte de algo que no depende del marcador.
Cuando esa pertenencia no se cultiva en la infancia, el impacto no se queda en el deporte. Se traslada a la sociedad.
La cultura de la inmediatez enseña que todo es reemplazable: el club, el entrenador, el grupo, incluso los amigos. Si algo no funciona, se cambia. Si no soy titular, me voy. Si no gano, no me quedo. Se normaliza la huida antes que la construcción.
Y un niño que crece sin aprender a sostener vínculos, a atravesar frustraciones dentro de un grupo, a construir identidad en comunidad, puede convertirse en un adulto que vive relaciones frágiles, compromisos débiles y proyectos cortoplacistas. La pertenencia no es solo un sentimiento deportivo; es un entrenamiento emocional para la vida.
Cuando un niño siente que “ese es mi club”, aunque no siempre juegue, aunque pierda, aunque falle un penalti, está aprendiendo lealtad, resiliencia, paciencia y amor por algo que trasciende su rendimiento individual. Está entendiendo que vale por quien es, no solo por lo que produce.
El problema no es que los niños quieran mejorar. El problema es que les estamos enseñando que mejorar implica cambiar constantemente de lugar, de entorno y de identidad. Les estamos quitando el tiempo necesario para echar raíces.
Un club que cuida su narrativa, que cuenta su historia, que honra a quienes pasaron antes, que convierte la camiseta en símbolo y no en simple equipación, está sembrando algo más que jugadores: está formando personas con sentido de comunidad.
Porque el fútbol base no debería ser una antesala ansiosa del profesionalismo. Debería ser un laboratorio de valores. Un espacio donde se aprende a perder con dignidad, a ganar con humildad y a quedarse cuando las cosas no salen.
Si convertimos el deporte infantil en una carrera constante hacia el escaparate, corremos el riesgo de criar generaciones brillantes técnicamente pero pobres emocionalmente. Y eso, a largo plazo, empobrece a toda la sociedad.
El sentido de pertenencia no se improvisa. Se cultiva. Y cuando un niño siente que forma parte de algo que le cuida y le necesita, no solo juega mejor: crece mejor.
Tal vez el reto no sea formar más talentos.
Tal vez el verdadero desafío sea volver a formar hogares.