Como padres, una de nuestras mayores tentaciones es querer proteger a nuestros hijos de todo lo que les hace daño. Nos duele verlos sufrir, sentir su tristeza y pensar que, con un simple gesto, podríamos evitarles el mal rato. Sin embargo, si siempre intervenimos para borrarles las piedras del camino, corremos el riesgo de quitarles algo mucho más valioso que la tranquilidad momentánea: la oportunidad de aprender a afrontar la frustración.

Hace poco una madre compartía la historia de su hijo de 9 años. Su equipo jugaba el partido más decisivo de la temporada, el que podía marcar un ascenso de categoría. Pero él no fue convocado. Volvió del entrenamiento llorando, cabizbajo, incapaz de encontrar consuelo en nada de lo que sus padres intentaban decirle. Para él, solo existía una realidad: se estaba perdiendo el partido más importante del año.

La madre confesaba que habría sido muy fácil escribir al entrenador, pedirle que lo incluyera al menos como suplente, aunque fuera para darle unos minutos en el campo. Pero decidió no hacerlo. Y tomó esa decisión consciente, sabiendo que ese momento de dolor sería una semilla de aprendizaje para su hijo.

¿Por qué? Porque entendió algo clave: los niños también necesitan aprender a perder, a quedarse fuera, a no ser elegidos. La vida no siempre nos da el papel protagonista, y cuanto antes empiecen a gestionar esas emociones, más preparados estarán para los retos que vendrán después.

La importancia de la frustración como maestra

Hoy puede ser un partido de fútbol, mañana será un examen en el que no se alcance la nota, un proceso de selección laboral en el que el puesto sea para otro, una relación personal que no salga como se esperaba.
Todas esas situaciones generan frustración y, si no aprendemos a gestionarla, pueden transformarse en ansiedad, miedo o incluso parálisis. En cambio, si desde pequeños los niños viven experiencias donde no todo sale como desean, irán construyendo su resiliencia emocional, esa capacidad de recomponerse y volver a intentarlo.

Educar no solo es preparar para triunfar

Vivimos en una sociedad que pone el foco en el éxito: las buenas notas, los logros deportivos, los reconocimientos. Sin embargo, pocas veces se nos recuerda que el fracaso también forma parte de la vida, y que educar significa enseñar a convivir con ambos.
El éxito motiva, pero es el fracaso el que enseña, el que forma carácter, el que da fuerza interior. Cuando un niño experimenta que puede atravesar una decepción, llorarla y seguir adelante, está aprendiendo algo que ningún triunfo podría darle: la certeza de que es más fuerte de lo que creía.

Preparar para el futuro

Quizás, cuando este niño sea mayor, recordará que un día se quedó sin jugar el partido más importante de la temporada. Y ese recuerdo, lejos de ser solo una herida, puede convertirse en una lección: que la vida sigue, que siempre hay otro partido, otra oportunidad, otro camino.
Como padres, debemos tener la valentía de no solucionarles siempre la vida, aunque podamos hacerlo. Debemos dejar que se equivoquen, que se frustren, que se caigan, porque esos momentos, por duros que sean, les entrenan para un mañana lleno de desafíos mucho más complejos.

El verdadero regalo

Educar no es solo dar alas para volar alto, también es enseñar a recomponerlas cuando se rompen. El verdadero regalo que podemos dejar a nuestros hijos no son victorias aseguradas, sino la fortaleza interior para afrontar derrotas. Esa fortaleza es la que les permitirá levantarse una y otra vez, sin perder la esperanza, sin dejar de luchar.

Porque la vida no siempre nos pondrá en el campo en el partido más importante, pero siempre nos dará la oportunidad de volver a entrenar para el siguiente. Y ahí estará la diferencia entre rendirse o seguir adelante.


Una reflexión para las familias, muy interesante…


Pasamos mucho tiempo preparándolos para triunfar en la vida. Pero no olvidemos que también es esencial prepararlos para el fracaso, porque es el otro lado de la misma moneda. Enseñemos a nuestros hijos que no pasa nada por perder, que no ser elegidos no les define, que cada caída puede convertirse en el punto de partida de algo mejor.

Ánimo, pequeños campeones: el sol siempre vuelve a salir, incluso después de la noche más oscura.

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